Per Juan José Cuervo Rodríguez – Psicoterapeuta de Ventijol

 

(Publicado  originalmente en: PsiARA Col·legi Oficial de Psicologia de Catalunya el 26 de mayo de 2016)

 

Hablar de conyugalidad es hablar de la construcción de espacios psicológicos comunes por parte de dos personas que optan por compartir proyectos vitales. Es invitar al reconocimiento de la pareja marital como un sistema, con identidad propia y que se configura en la vivencia de la afectividad a través de procesos de reconocimiento, negociación, aceptación, toma de decisiones, etc.  Es resaltar su carácter específico en la ardua tarea de crear o posibilitar un ‘nosotros’ al mismo tiempo que se reafirman las fronteras y los límites de la individualidad. Del mismo modo que se abre la posibilidad de la parentalidad, que aunque se trata de un proceso distinto al de la conyugalidad, está muy ligada a ella.

Habitualmente, las parejas acuden al especialista por problemas en sus relaciones, por dificultades en la comunicación o porque simplemente no logran reconocerse y diferenciarse como una unidad independiente a sus familias de origen. A partir de muchos de estos procesos terapéuticos, se han logrado algunas comprensiones teóricas en ámbitos tan variados como la psicopatología, la resolución de conflictos, la sexualidad, el divorcio, la infidelidad, la violencia conyugal  y la interculturalidad (Fincham, 2004).  Pero, ¿qué sabemos acerca de aquellas parejas que por sí solas han logrado afrontar problemas y eventos vitales estresantes y resolver conflictos?, ¿qué sabemos sobre sus procesos de comunicación? y, de manera particular, ¿qué sabemos acerca de su inteligencia emocional y el papel que ésta juega en su perdurabilidad y satisfacción como pareja conyugal?

El presente artículo se orienta a encontrar respuestas a estas preguntas. En este contexto, se parte del reconocimiento de la pareja viable y perdurable como un sistema abierto, con procesos, específicos a su sentido conyugal, relacionados al interjuego entre normas y hechos, a la adaptación a los cambios externos e internos  a los que está sujeta y a la configuración de patrones de comunicación/interacción y mecanismos de control autogenerados-autorregulados, que les ha permitido preservarse satisfactoriamente en el tiempo (Cuervo, 2009). En definitiva,  son dos personas que deciden compartir sus espacios vitales para la construcción de un nosotros y que en la cotidianidad realizan los cambios necesarios que les posibilita continuar juntos y de manera satisfactoria.

El objetivo de este escrito es abordar el tema de las  parejas en las que se da lo que hemos denominado dinámicas sociales ejemplarizantes, de las cuales  creemos que tenemos mucho que aprender, puesto que son ejemplo de dinámicas sociales generadoras de bienestar y promotoras de relaciones interpersonales –e intrapersonales- nutricias (Cuervo, 2014a; 2014b; 2013a; 2013b; 2011; 2009; Prieto, Torrado y Cuervo, 2014).

Nuestro análisis, se centra en profundizar en el papel de la Inteligencia Emocional (Salovey & Mayer, 1990; Mayer & Salovey, 1995; 1997; Lizeretti, 2012), para comprender las dinámicas relacionales y comunicacionales de estas  parejas que han gestionado de forma constructiva y asertiva su cotidianidad;  sin más propósito que contribuir desde el ámbito de la inteligencia emocional a la comprensión de la complejidad que comporta la comunicación -asumiéndola como un proceso relacional, contextual, histórico y social- entre los miembros de la pareja conyugal

En los últimos años, se ha dado en el ámbito de la investigación de la psicología, un mayor interés por el estudio de parejas no-clínicas, especialmente aquellas  que llaman la atención por tratarse de matrimonios de larga duración. Esta línea de investigación se centra en la identificación y comprensión de las características que consolidan la convivencia a lo largo del ciclo vital. Las investigaciones de Illig (1977) y Zietlow & Sillars (1988), constituyen dos estudios pioneros interesados en las parejas mayores no-clínicas, en los que se constata que las parejas que envejecen juntos tienden a estar felices y satisfechos con su vida conyugal.

El psicólogo John Gottman, uno de los pioneros en este ámbito, afirma  que la forma como las parejas satisfechas gestionan las situaciones de conflicto, se constituye desde la validación y aceptación del punto de vista del otro y la disposición de realizar ajustes personales con el objetivo de solucionar el problema. Son parejas que también han aprendido a evitar la entrada -o la permanencia cuando ya han entrado- en situaciones generadoras de malestar emocional, lo que decisivamente, instaura un estilo relacional más positivo y nutricio -emocionalmente hablando-.

Otros trabajos de investigación se han centrado en la exploración en ámbitos tan variados como: el estudio del poder; la interacción marital como determinante del bienestar familiar e individual; la correlación entre la interacción marital, la satisfacción con el matrimonio y la forma como las parejas consolidan un conjunto de estrategias para la  resolución  de conflictos a través del tiempo; y la interrelación entre conducta interactiva, cognición y fisiología (Gottman, 1998).

Pero nos gustaría dar un paso más allá para adentrarnos en algunos de los principales aspectos en los que puede contribuir la inteligencia emocional en la comprensión  de las dinámicas relacionales/comunicacionales de las parejas que han demostrado ser viables y perdurables en el tiempo.

La inteligencia emocional en acción

En estas parejas, el interés por consolidar una relación estable, beneficiosa y que aporte al enriquecimiento mutuo, pasa por la importancia que cada uno da a su propio estado de salud mental y física. Se trata de personas “sanas” a las que se les percibe con buen estado de ánimo, con ganas de trabajar,  de compartir con los demás; con actitudes de generosidad, de respeto y confianza; que se reconocen co-responsables en la generación de momentos y espacios saludables; que muestran facilidad para manifestar sus gustos, disgustos, acuerdos y desacuerdos.  Lo que en definitiva, nos lleva a destacarlas como hombres y mujeres que han aprendido a estar abiertos a situaciones, momentos y sentimientos tanto agradables como desagradables, a regular inteligentemente sus emociones y las de los otros, y a moderar las emociones negativas propias y ajenas y a potenciar las positivas.

Para estas parejas es clara la idea según la cual una cosa es estar de acuerdo y otra muy distinta llegar a acuerdos. En sus conversaciones se logra identificar cómo las habilidades para la negociación se han ido consolidando en la cotidianidad de su historia como pareja, pasando por el necesario ajuste de intereses y estilos personales de actuar, pensar y sentir, al inicio del noviazgo, o las formas de afrontar las vicisitudes propias del comienzo de un proyecto de convivencia, sea bajo la figura del matrimonio o no; hasta el reconocimiento de asuntos o áreas de vida en las que es difícil lograr estar de acuerdo, pero en donde privilegian la necesidad de llegar a acuerdos en el manejo de sus diferencias.

Son parejas que reconocen la importancia del respeto por los espacios individuales y los comunes, que reafirman su autonomía personal y conyugal en el reconocimiento/ aceptación/valoración de la existencia del otro y en donde la decisión de estar juntos es vivida como responsabilidad y no como obligación. Reconocen, también, el necesario equilibrio entre intimidad y vida pública, identificando hábilmente aquellos momentos en los que creen necesaria la apertura de sus fronteras como sistema, como cuando la relación necesita “oxigenarse” o como cuando simplemente su rol como padres o hijos lo exigen, por ejemplo; y aquellos momentos en los que es imprescindible privilegiar sus acciones, cerrando sus fronteras como pareja, con el propósito de alimentar y preservar su relación.

Junto con aquella característica en el reconocimiento de la importancia de su propio estado de salud, también resaltamos como esencial para una relación conyugal viable y satisfactoria, a unas personas con estilos reflexivos en su ser y en su hacer. Para estas parejas, pensar-se y conversar acerca de lo que opinan y creen sobre sus experiencias en la cotidianidad, pasa a ser un ritual permanente en el que evalúan, sopesan alternativas, se cuestionan, se contradicen, se apasionan y se enriquecen a tal punto de valorarlo como pilar de su satisfacción personal y conyugal y garante de su perdurabilidad en el tiempo. Es a partir de procesos reflexivos en los que los valores son puestos a discusión, y se crean, aprenden e integran nuevas ideas de ser pareja, nuevas maneras de afrontar y buscar solución a las vicisitudes que en la cotidianidad se dan, y no menos importante, se consolidan estilos de relación basados en la co-responsabilidad, el respeto y la  conciencia en que se puede vivir bien, porque “vivir bien en pareja también es posible”.

Estas parejas  se caracterizan por actitudes en las que el equilibrio entre altruismo y egoísmo se logra como resultado de la confluencia de factores que  tienen fundamentalmente un elemento en común,  el amor. Amor entendido no como aquella expresión romántica instaurada en un contexto de ideales sociales en los que prima el sacrificio heroico por el otro, la incompletud (la media naranja) o la idea simplista de que los polos opuestos se atraen; metáforas en las que impera una idea de un amor que se logra solamente estando con otro. El amor del que estas parejas hablan, es un amor que se hace, un amor imperfecto y a la vez perfecto, pero esa cualidad de imperfección o perfección la da la historia que ambos o ambas han logrado construir, el sentido que le han atribuido a los momentos de sus vidas en los que se hacía imprescindible hacer o aunar esfuerzos para permitir que su compañero o compañera aprendiera en soledad, o en complicidad; un amor que pasa por la aceptación incondicional de sí mismo, por la consolidación de una relación consigo mismo basada  en el respeto, la confianza y la admiración, características éstas que trascienden de tal manera el plano individual, entrando a participar en la construcción  de la satisfacción conyugal. Son parejas que hacen el amor a diario, que construyen el amor a diario, y que valoran la importancia de quererse a sí mismos, sentirse queridos y de amar a otro u otra que se siente feliz al ser querido y al quererse.

Se trata de parejas en las que el progreso material es tan importante como el espiritual, para quienes el asunto de la economía familiar es un tema sustancial y de necesaria negociación, pero no más importante que la confianza, el cariño o la admiración que se tienen.  Para algunas de estas parejas la espiritualidad va más allá de la pertenencia a un grupo o doctrina religiosa en particular, pero para todas relacionada con la idea de que hay algo más allá de lo material, que la humanidad de lo humano radica en la trascendencia tanto del bien común y del individual, y no de la valoración de uno en detrimento del otro. La espiritualidad, según lo observado por nosotros, para nuestro análisis, puede también ser entendida como una característica de la complejidad que comporta el sentirnos, como especie, parte de algo que está más allá de los límites de la corporalidad y que además nos vincula emocionalmente a unos y otros con la naturaleza y con la misma historia y necesaria sostenibilidad de la vida en este planeta.

Para finalizar, resaltar entonces que el papel de la inteligencia emocional en lo que estas parejas  han construido como una relación perdurable, pasa por reconocerla como un proceso inherente al desarrollo humano y que por tanto está presente en nuestros actos, sentimientos, pensamientos, en nuestras relaciones, en nuestras decisiones, en fin, en nuestra humanidad. La inteligencia emocional no debe ser asumida como un constructo de moda, tampoco debe ser concebido solamente como un conjunto de habilidades y/o de competencias, ya que consideramos que éstas podrían ser solo una muestra de qué tan inteligentes emocionalmente somos o podríamos llegar a ser. Consideramos que ante todo, la inteligencia emocional ha de ser comprendida como un elemento fundante, pero no único, de lo humano y como tal ha de ser asumido como un proceso complejo que involucra componentes biológicos, políticos, sociales, económicos, históricos, existenciales, etc. y su relación con otros aspectos de la vida humana igualmente importantes.

            

REFERENCIAS

Cuervo, J. J. (2014a). Comunicación y perdurabilidad en parejas viables. Estudio observacional de caso múltiple. (Tesis doctoral, Universidad Autónoma de Barcelona). Recuperada de http://www.tdx.cat/handle/10803/283429

Cuervo, J.J. (2014b). Conyugalidad perdurable. Estudio de la conversación de dos parejas viables. Revista Latinoamericana de Estudios de Familia, 6, 171-190. Recuperado de http://revlatinofamilia.ucaldas.edu.co/index.php/ultimo-numero

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Prieto, D. C., Torrado, L. X.  y Cuervo, J. J. (2014). El erotismo y su ritualización en la relación conyugal. Análisis del discurso. Revista iberoamericana de Psicología: ciencia y tecnología, 7(2), 49-56. Recuperado de https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5151653

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